Fuera de radar


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Deuda a tres años: el legado del presidente obrero

Por Antulio Rosales

Lo que viene es una historia personal. Un recuento con datos y sensaciones que, como todo recuento, tendrá sus imprecisiones. Tampoco es un drama migratorio de penurias profundas, no me victimizo, pero sí vale la pena contarla para sacar algunas cuentas sobre las tremendas distorsiones entre discurso y práctica que se pueden vivir en la Venezuela bolivariana y que se materializan en las formas de manejo económico que ya cuesta saber a quiénes benefician.

Hace tres años renuncié a mi cargo en la Cancillería venezolana. Trabajé ahí 7 años. Todo ese tiempo fui investigador de la Academia Diplomática. Fui un trabajador administrativo profesional en el rango más bajo del escalafón, donde comienzan todos los recién graduados universitarios. En mi caso, el escalafón me identificaba como Técnico Superior, ni siquiera como Licenciado, como era mi circunstancia. Así permanecí todo el tiempo. Aunque las leyes tanto del servicio exterior como de la administración pública obligan evaluaciones y reclasificaciones periódicas, en mi caso, como en los de todos quienes trabajaban conmigo en ese ministerio, las primeras ocurrían sin las segundas. En todo ese tiempo tuve evaluaciones sobresalientes. Nunca pasé a otro rango del escalafón.

Mi caso no era el peor. Habían dos cohortes de la carrera diplomática que habían entrado durante la gestión de Alí Rodríguez Araque y justo antes, que incluso hicieron un concurso de oposición bajo nuevos parámetros “bolivarianos”, y que pese a ello por casi 10 años no fueron ratificados en sus cargos. Estaban en un limbo porque la gestión de Nicolás Maduro los consideraba demasiado cercanos a la vieja meritocracia. Aún así muchos de ellos ocupaban espacios de considerable importancia. Estaban atrapados en el sótano del escalafón y no podían moverse. Nueve años más tarde, cuando Elías Jaua los ratifica sin siquiera reclasificarlos, habían algunas voces carentes de todo sentido crítico o privadas de amor propio que ¡agradecieron el gesto del Canciller!

Comencé mi trabajo con un salario de alrededor de un millón doscientos mil bolívares de 2005, además de los beneficios correspondientes a aguinaldos, seguro médico y otros correspondientes por ley. En ese momento, mi sueldo duplicaba el salario mínimo. El salario mínimo aumentaba y con él, mi salario. Hasta que dejó de ocurrir. Cuando renuncié en 2012, mi salario en bruto era de poco más de 4 mil bolívares. El neto, después de deducciones, era de poco menos de 3 mil bolívares. Ya en ese momento, no alcanzaba para mucho. Siempre se deducía de mi sueldo el pago al Seguro Social, por ejemplo, que desde 2007 más o menos aparecía insolvente por el Ministerio. Es decir, yo pagaba, pero el dinero no llegaba al IVSS. La caja de ahorros de los trabajadores estaba descapitalizada. Se usaba para pagar deudas, de tarjetas de crédito y emergencias diversas frente al aumento del costo de la vida.

Tomé precauciones y renuncié a la caja antes de renunciar al cargo, me llevé los pocos “ahorros” que ahí quedaban. También retiré todo lo que estaba disponible en el fideicomiso de mis prestaciones sociales. Sabía que la inflación se los comería si los dejaba en el Banco de Venezuela. Ese dinero, calculado a tasa CADIVI o SITME de la época sumaba unos 2 mil dólares estadounidenses. Nunca los pude sacar. Se fueron en pagos diversos, nimiedades aquí y allá, se los llevó la inflación. Nunca fue aprobada mi solicitud de SITME ni la de CADIVI de estudiante.

El presidente trabajador

El presidente trabajador

Ya se había aprobado la nueva Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y Trabajadoras, de la que Nicolás Maduro fue un importante propulsor, así que mis prestaciones sociales debían ser re-calculadas al momento de salir bajo mi nuevo salario. Esta medida buscaba proteger a los trabajadores de los estragos inflacionarios a lo largo de la vida laboral. La deuda que tenía mi ahora ex-patrono conmigo la calculo en 76 mil bolívares. Para ese momento, era unos 12 mil dólares estadounidenses bajo la tasa SITME-CADIVI de la época. Habría servido para ayudar en el aterrizaje mío y de mi familia en un nuevo país. La tasa de cambio del mercado paralelo era, para el momento de mi partida poco más de 8 bolívares por dólar, es decir, con mis prestaciones sociales habría podido adquirir unos 9 mil dólares en el mercado ilegal. Con 76 mil bolívares en 2012 dentro de Venezuela quizás hubiera podido adquirir un viejo vehículo usado, o cinco televisores grandotes pantalla plana, para usar terminología DAKA del buen vivir. En síntesis, para algo servía ese dinero.

Desde 2012 hasta hoy la inflación acumulada es de 145%, sin contar el año 2015 porque es un dato que el Banco Central considera imprudente dar a conocer (pasados ya cuatro meses del año). El bolívar se ha devaluado varias veces tanto en el mercado paralelo como en las múltiples y complicadas paridades legales. Hoy, ningún ciudadano podría obtener dólares por la tasa de cambio oficial del país. Parece un chiste, pero no lo es. La tasa oficial por la que se rige la moneda en el mundo y en las cuentas nacionales no existe para nadie, excepto para algunos importadores fantasmas, unos desconocidos que importan bienes de “primera necesidad” y para el propio gobierno cuando hace compras en el exterior y paga a sus funcionarios fuera. Existe también para calcular el salario más alto de América Latina, claro está. De resto, la paridad cambiaria es unas 31 veces más costosa, si la calculamos a precio SIMADI. Bajo ese cálculo, mis prestaciones sociales son hoy 400 dólares. De 12 o 9 mil a 400 ha sido el paso de la alquimia del sistema de cambio más absurdo del mundo. Con 400 dólares no puedo pagar un mes de guardería. Siete años de trabajo más tarde, cuando el Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores tenga a bien pagarme mis prestaciones no podré siquiera pagar un mes de guardería.

El gobierno venezolano se ha llenado la boca (y el mazo) condenando a quienes han aprovechado la distorsión del sistema cambiario para hacer plata a partir de la propia norma. En simultáneo ha condenado a muchos otros a la inconvertibilidad del fruto de su trabajo. Pero además, en el camino le quitó a algunos la posibilidad de ascenso, social y laboral. Y mientras no cancele su deuda, está confiscando el valor del trabajo, con intereses de mora retroactivos que se hacen más onerosos mientras la inflación y la depreciación de la moneda se acentúan. Todo ello es responsabilidad del Ejecutivo nacional: la deuda, la inflación y la devaluación. Es más, el propulsor de la Ley del Trabajo, el responsable del Ministerio en el que trabajé y el actual Jefe del Ejecutivo son la misma persona, la cuenta es muy sencilla: en esa deuda yace el legado del presidente obrero.

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Crónicas expatriadas

I

Ciudad de México: la cachifa

En el año 2003 estaba estudiando en México. Fue otro momento de tensión política que llevó a Venezuela al borde de la violencia desenfrenada. Tenía 21 años y con mi beca cubría mis gastos mínimos. Debía además trabajar bajo cuerda para sobrevivir. No era una vida de penurias, pero tampoco de lujos.

Llevaba a Venezuela guardada en algún lugar de los libros. No me sentía cercano a los venezolanos con quienes me topaba, así que prefería fingir un extraño acento con eses bien pronunciadas que me hicieran pasar inadvertido cada vez que algún compatriota visitaba el café de La Condesa donde trabajaba. Eran la clásica representación del sifrinismo banal que reafirmaba todos mis prejuicios revolucionarios.

El día del llamado firmazo contra Chávez, decidí tomar mi cámara–de rollo y manual–e ir al encuentro de los venezolanos. Quería conocer sus perspectivas, escuchar sus historias. No sabía exactamente dónde estaba la plaza de Bolívar en Polanco en la que se llevaría a cabo el encuentro. Sospeché que en el metro me toparía con los estridentes conciudadanos vestidos con el tricolor, perfumados y maquilladas para la ocasión. Pese a la urticaria que me generaba solo imaginarlo, decidí seguir, la festividad patria me guiaría.

Para mi sorpresa, no encontré a nadie en el metro. Caminé con dudas, pero llegué a la plaza. Estaba rodeada de carros, la mayoría caros y nuevos. El evento estaba milimétricamente planificado, con mesoneros de corbatín que servían café y otros pasapalos. Globos tricolores y cintas adornaban el toldo central. Las sillas, por supuesto, tenían el lazo de tela blanca en el medio del espaldar. La gente vestía de diseñador. Mujeres con coches, conversaban entre ellas. Hombres con chemise lacoste hacían lo propio entre ellos. La estricta división sexual del encuentro social estaba en sintonía con el México mocho que les rodeaba.

Atiné a escuchar una conversación entre dos jóvenes mujeres con niños. Hablaban de la sabia decisión que tomaron al salir de Venezuela y las peripecias que vivieron para restablecer su vida en México. No olvidaré la sentencia de una de ellas: “lo más importante es que me traje a la cachifa”.

Salí despavorido cuando los globos tricolores comenzaron a volar por el cielo del DF.

II

Caracas: la logística en las listas

Un día llegué a mi oficina de un instituto autónomo del ministerio en el que trabajaba y encontré instalado en mi computadora un software con la bandera de ícono. Sospeché de qué se trataba y lo abrí inmediatamente. Era la lista Maisanta y había sido instalado en todas las computadoras del instituto.

Antes de yo ingresar había ocurrido una purga inicial. Todos los coordinadores y directores que habían firmado contra el presidente habían sido retirados de sus cargos. Otros, además, se les destituyó completamente de sus funciones. Quienes permanecieron, pasaron a ser parte del mobiliario oxidado de la vieja República de Venezuela: se les asignaba tareas menores, muchas veces monótonas y no cónsonas con su experiencia previa o formación. Conocí el caso de una antigua coordinadora que peleó en tribunales su destitución y el Ministerio tuvo que pagarle salarios caídos y luego recibirla nuevamente para ubicarla en un nuevo espacio donde conviviría con las telarañas.

Pero en 2006 cuando vi el software no hubo mayores movidas de mata. Estaba ahí presente, sin mucha alharaca. Operaba como un jueguito para funcionarios adeptos y aburridos. Precisamente ese era su rol, estar presente, luego ser removida pero dejar en la memoria colectiva la posibilidad de ser desenterrada.

En la reelección de Chávez ya quedaban pocos disidentes en el Ministerio. Los que quedaban mantenían su boca cerrada en cuanto a asuntos políticos se refiere. Muchos convivían en buena onda con sus pares revolucionarios, sobre todo con los menos talibanes. Algunos incluso tenían aún responsabilidades de media importancia, sobre todo una extraordinaria burócrata a quién será difícil olvidar: Yajaira. Ella disfrutaba su trabajo y lo hacía bien, extraña mezcla en peligro de extinción ya en los momentos dorados de 2006-2007. El resto, mantenía cabeza baja y voz suave pero cínica. En los años posteriores, fueron jubilando a quienes quedaban de la cuarta, se fueron y luego de varios años recibieron sus arreglos, inflación y devaluaciones mediante.

Cuando llegó el cierre de la campaña presidencial, el director hizo algo que pocas veces hacía, pidió hacer una lista de los asistentes a las convocatorias. La lista no tenía mala intención, decían mis colegas del chavismo gafo, “es para organizar la ‘logística’”, insistían. Nota: en el argot chavista ‘logística’ quiere decir sánduches y jugo, o si es paquete completo, incluye franela y gorra. Francamente creo incluso hoy que la lista no tenía la intención de pulverizar a nadie. El propósito era más sutil, era que los disidentes, críticos, o sospechosos se supieran vigilados, intuir que posiblemente, algún día, tendrá un propósito. El chavismo puede ser ineficiente en muchos ámbitos, pero si en algo han sido exitosos es en la lección de gubernamentalidad básica: las listas son instrumentos de disciplina.

Mis amigos revolucionarios no creen que están disciplinados. Ellos defienden la tesis de ‘la crítica en la reflexión’ (intra-muros, cuando nadie los ve) y ‘unidad en la acción’. Solo una vez me pidieron participar en una pequeña purga. El jefe me comentó de unos compañeros cuyo trabajo francamente adolecía de baja calidad. Al final, no salieron. Se quedaron por gestiones del sindicato y gracias a la inamovilidad laboral. Pensé en aquel sobrino del ministro cuyo poder se hacía más evidente y que no parecía producir buenos resultados. Creo que tuvo un buen destino después de la muerte del CS.

Mientras tanto, yo todavía espero mis prestaciones sociales ya a dos años de mi renuncia.

III

Melbourne, Madrid, Dublín: ahora la cachifa soy yo

Nos volvimos a ir en 2012. Apenas con meses de diferencia salieron dos parejas amigas, una para Irlanda y otra para España. Cada cual con su historia y sus razones, todas cansadas y con cierta asfixia moral. Para mi era imposible tratar de hacer carrera de academia en Venezuela. En un lado del Guaire, la mejor metodóloga en ciencias sociales monta sus clases a base de Wikipedia. En el Rodolfo Quintero no han comprado una revista arbitrada desde 1986. En el otro lado del Guaire, lo mejor que se produce es propaganda cuchi y lo peor es demagogia pseudo-pedagógica. Eso sí, en ambos lados hay sueldos similares, todos rozan el límite de la pobreza. Matar tigres es tarea obligada para todos los bandos.

La producción es baja. Hace poco leí los análisis de la Guerra Económica de los pensadores revolucionarios. En Venezuela, los precios los determinan los capitalistas. La política monetaria y fiscal no tienen nada que ver, el gobierno es, en síntesis, víctima de otros. Imprimir plata inorgánica no guarda relación alguna con el aumento de los precios. Pensé en lo bondadosos que deben ser los burgueses bolivianos y ecuatorianos, vamos, con el poder de marcar precios y elevar la tasa de ganancia a 1.000%, bien podrían hacerlo si además eso ayudaría a tumbar sus gobiernos. Pero no lo hacen, ese sería el burguesismo gafo.

Nos fuimos un poco tarde para agarrar el autobús de la disponibilidad de dólares baratos. A nosotros nos aceptaron media solicitud de SITME. Luego, mi solicitud de estudiante CADIVI fue rechazada sin posibilidad de réplica. El chorro se había cerrado. Nuestros ahorros se quedaron en dos cuentas bancarias venezolanas, devaluándose y fueron mermando entre pagos de condominio y algún invento creativo por traernos algo. El financiamiento del doctorado nos sirve para sobrevivir. Aunque nunca he sido bueno para los negocios, he soñado con jugar al arbitraje cambiario de alguna forma, pero ya ni viajar a Venezuela parece una opción con la merma de los vuelos y el aumento de los precios de los boletos.

A mi amiga de España nunca le llegaron sus euros. Tenía que pagar matrícula y también llevaba hija y pareja. Ellas cuidan chamos, matan algunos tigres que la informalidad madrileña les permite. Mi amiga en Irlanda todavía no encuentra trabajo, pese a tener experiencia en varias áreas profesionales, su novia está cursando un postgrado pero no tiene financiamiento. Pueden cuidar chamos pero dicen que prefieren cuidar las suyas. Me dijo en estos días que pensaba limpiar casas.

Hace poco hicimos un mercado que se llevó lo último que teníamos. En Venezuela sigue aquella plata mermada por la inflación y acá no tenemos nada hasta el otro mes. Ya estamos buscando trabajo en tiendas y, como nuestra amiga, siempre está la opción de limpiar casas. Pensé en las venezolanas que hace diez años se habían ido a México. Mis crónicas de expatriados hoy está llena de historias como la mía y mis amigas, la imagen de aquellas venezolanas en la Ciudad de México está registrada en una época particular, con nuevos tiempos y la dinámica revolucionaria son más los que han ido saliendo, son un fenómeno poco conocido, somos diversos, extraños, estamos fuera de la órbita de los que están dentro, pero también fuera de sintonía con aquellos que hasta lograron llevarse la cachifa.

Raúl Cárdenas F.