Fuera de radar


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Derechos y reconocimiento: más allá del drama y el rechazo a los venezolanos en el exterior

Por Antulio Rosales

Varios meses atrás el canal del Estado, Venezolana de Televisión (VTV), transmitió una suerte de reportaje documental acerca de la reciente emigración venezolana. El reportaje puso de manifiesto un sinnúmero de prejuicios y el evidente desconocimiento que tiene el principal factor de poder mediático en Venezuela sobre la situación de los emigrados. Resultó ser una prueba del importante reto que implica para la sociedad venezolana reconocer a su propia diáspora y, más aún, para el Estado asumir la responsabilidad de garantizar los derechos de sus ciudadanos fuera del territorio nacional.

La idea central del reportaje es reducir el fenómeno de la emigración a un “tipo de venezolanos” que, en esencia, no podría llamárseles como tal. De acuerdo con una psicóloga consultada, los que migran son—casi todos—“blanquitos”, rubios, de ojos claros descendientes de inmigrantes europeos. La caracterización de este grupo poblacional la hace sin presentar dato alguno más que su propia imaginación—gracias al vocablo “diría yo”—y asumiendo un evidente prejuicio étnico-racial cuyo correlato es la romantización de lo “auténtico” que por supuesto no tendría tez blanca y es esencialmente popular, bueno y, claro está, leal. En el punto cumbre del “análisis”, asume que estos emigrados nunca tuvieron arraigo alguno en la patria y por eso se van. Eso sí, como buenos apátridas, nunca se adaptan en sus destinos, sufren la crisis del capitalismo, extrañando la belleza única de la tierra de Bolívar.

El objetivo último es desconocerlos y asumirlos como foráneos aunque tengan cédula y pasaporte venezolano. Es la excusa para ignorarlos, pero además y más importante, para negarles sus derechos. El supuesto análisis es una fachada para validar los presupuestos que tiene el poder y que entra en sintonía con las narrativas polarizadas a las que nos tiene acostumbrado el país. La migración es otro de esos temas que se ve atrapado en esas narrativas totalizantes. Es un hoyo negro en la información oficial y también resulta un espacio de fijación fácil para eslóganes vacíos.

La oleada migratoria no existe para el gobierno. No hay datos oficiales que den cuenta de esta realidad, no hay esfuerzos reales por acercar esta población a las sedes de representación oficial del Estado. Algunos revolucionarios sí reconocen el éxodo pero tienden a banalizarlo y consideran a los emigrantes unos raspacupos crónicos que viven de la teta gubernamental y jamás han pasado trabajo como el pueblo mismo.

Al otro lado de la acera, este es uno de los puntos sentimentales más hondos. Se habla del drama migrante y el de los “padres huérfanos”. Los más románticos ven en los emigrados únicamente a meritócratas formados en grandes universidades: un caudal de talento desperdiciado. Éstos deberán volver cuando la “democracia retorne” y ocuparán los espacios que dejaron o de los cuales fueron expulsados.

Maiquetía

Borroso en Maiquetía

La realidad es más compleja. Cada vez más, quienes emigran vienen de orígenes muy diversos. También tienen nuevos destinos, no solo España, Estados Unidos y Panamá, sino también Ecuador, República Dominicana, Perú, Argentina, México y muchos destinos más allá de América Latina. Ya no es extraño encontrarse con otros venezolanos atendiendo una cafetería en Toronto, gente vendiendo arepas en las calles de Santo Domingo y trabajadores informales en Quito. Y por supuesto, están muy lejos de ser esos “blanquitos pasteleros” que describía la psicóloga en aquel reportaje.

 

El Estado deberá alguna vez plantearse una agenda seria que logre tender puentes, pero sobre todo, reconocer derechos a ciudadanos que no están en el país. Para comenzar, hay que sacar cuentas, por muy dolorosas o incómodas que estas sean. En la actualidad, por ejemplo, los niños nacidos en Venezuela que cumplen 9 años fuera del país no tienen forma de renovar su pasaporte porque no tienen cédula. La expectativa es que los menores viajen con un documento de emergencia a Venezuela y hagan el trámite desde allá. El derecho a la identidad está siendo violentado de la forma más descarada a quienes son más vulnerables.

Los derechos económicos de quienes dejaron aportes en el seguro social deberán ser honrados. Además, los venezolanos están sub-registrados en las listas de los consulados y en el Consejo Nacional Electoral. Los pocos registrados solo pueden votar en elecciones nacionales, lo cual limita su participación política. No hay que explicar por qué nada de esto es casual. Si estos no son ciudadanos dignos de reconocimiento, mucho menos lo serán de influir en quien gobierna. En otros países, los expatriados tienen el derecho al sufragio como habitantes de su último domicilio en el país y, por ende, pueden escoger representantes al parlamento. Algunos, como Colombia y Ecuador, pueden incluso escoger representantes propios en el parlamento en circunscripciones extra-territoriales.

El principal reto que enfrenta Venezuela con sus ciudadanos dispersos por el mundo es el del reconocimiento. Para reconocerles, tendrá que saber quienes y cuántos son y asumirlos como ciudadanos, no como parásitos o traidores, sin importar qué los llevó a migrar, el color de su piel y si algo de amor sienten por la patria.

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Crónicas expatriadas

I

Ciudad de México: la cachifa

En el año 2003 estaba estudiando en México. Fue otro momento de tensión política que llevó a Venezuela al borde de la violencia desenfrenada. Tenía 21 años y con mi beca cubría mis gastos mínimos. Debía además trabajar bajo cuerda para sobrevivir. No era una vida de penurias, pero tampoco de lujos.

Llevaba a Venezuela guardada en algún lugar de los libros. No me sentía cercano a los venezolanos con quienes me topaba, así que prefería fingir un extraño acento con eses bien pronunciadas que me hicieran pasar inadvertido cada vez que algún compatriota visitaba el café de La Condesa donde trabajaba. Eran la clásica representación del sifrinismo banal que reafirmaba todos mis prejuicios revolucionarios.

El día del llamado firmazo contra Chávez, decidí tomar mi cámara–de rollo y manual–e ir al encuentro de los venezolanos. Quería conocer sus perspectivas, escuchar sus historias. No sabía exactamente dónde estaba la plaza de Bolívar en Polanco en la que se llevaría a cabo el encuentro. Sospeché que en el metro me toparía con los estridentes conciudadanos vestidos con el tricolor, perfumados y maquilladas para la ocasión. Pese a la urticaria que me generaba solo imaginarlo, decidí seguir, la festividad patria me guiaría.

Para mi sorpresa, no encontré a nadie en el metro. Caminé con dudas, pero llegué a la plaza. Estaba rodeada de carros, la mayoría caros y nuevos. El evento estaba milimétricamente planificado, con mesoneros de corbatín que servían café y otros pasapalos. Globos tricolores y cintas adornaban el toldo central. Las sillas, por supuesto, tenían el lazo de tela blanca en el medio del espaldar. La gente vestía de diseñador. Mujeres con coches, conversaban entre ellas. Hombres con chemise lacoste hacían lo propio entre ellos. La estricta división sexual del encuentro social estaba en sintonía con el México mocho que les rodeaba.

Atiné a escuchar una conversación entre dos jóvenes mujeres con niños. Hablaban de la sabia decisión que tomaron al salir de Venezuela y las peripecias que vivieron para restablecer su vida en México. No olvidaré la sentencia de una de ellas: “lo más importante es que me traje a la cachifa”.

Salí despavorido cuando los globos tricolores comenzaron a volar por el cielo del DF.

II

Caracas: la logística en las listas

Un día llegué a mi oficina de un instituto autónomo del ministerio en el que trabajaba y encontré instalado en mi computadora un software con la bandera de ícono. Sospeché de qué se trataba y lo abrí inmediatamente. Era la lista Maisanta y había sido instalado en todas las computadoras del instituto.

Antes de yo ingresar había ocurrido una purga inicial. Todos los coordinadores y directores que habían firmado contra el presidente habían sido retirados de sus cargos. Otros, además, se les destituyó completamente de sus funciones. Quienes permanecieron, pasaron a ser parte del mobiliario oxidado de la vieja República de Venezuela: se les asignaba tareas menores, muchas veces monótonas y no cónsonas con su experiencia previa o formación. Conocí el caso de una antigua coordinadora que peleó en tribunales su destitución y el Ministerio tuvo que pagarle salarios caídos y luego recibirla nuevamente para ubicarla en un nuevo espacio donde conviviría con las telarañas.

Pero en 2006 cuando vi el software no hubo mayores movidas de mata. Estaba ahí presente, sin mucha alharaca. Operaba como un jueguito para funcionarios adeptos y aburridos. Precisamente ese era su rol, estar presente, luego ser removida pero dejar en la memoria colectiva la posibilidad de ser desenterrada.

En la reelección de Chávez ya quedaban pocos disidentes en el Ministerio. Los que quedaban mantenían su boca cerrada en cuanto a asuntos políticos se refiere. Muchos convivían en buena onda con sus pares revolucionarios, sobre todo con los menos talibanes. Algunos incluso tenían aún responsabilidades de media importancia, sobre todo una extraordinaria burócrata a quién será difícil olvidar: Yajaira. Ella disfrutaba su trabajo y lo hacía bien, extraña mezcla en peligro de extinción ya en los momentos dorados de 2006-2007. El resto, mantenía cabeza baja y voz suave pero cínica. En los años posteriores, fueron jubilando a quienes quedaban de la cuarta, se fueron y luego de varios años recibieron sus arreglos, inflación y devaluaciones mediante.

Cuando llegó el cierre de la campaña presidencial, el director hizo algo que pocas veces hacía, pidió hacer una lista de los asistentes a las convocatorias. La lista no tenía mala intención, decían mis colegas del chavismo gafo, “es para organizar la ‘logística’”, insistían. Nota: en el argot chavista ‘logística’ quiere decir sánduches y jugo, o si es paquete completo, incluye franela y gorra. Francamente creo incluso hoy que la lista no tenía la intención de pulverizar a nadie. El propósito era más sutil, era que los disidentes, críticos, o sospechosos se supieran vigilados, intuir que posiblemente, algún día, tendrá un propósito. El chavismo puede ser ineficiente en muchos ámbitos, pero si en algo han sido exitosos es en la lección de gubernamentalidad básica: las listas son instrumentos de disciplina.

Mis amigos revolucionarios no creen que están disciplinados. Ellos defienden la tesis de ‘la crítica en la reflexión’ (intra-muros, cuando nadie los ve) y ‘unidad en la acción’. Solo una vez me pidieron participar en una pequeña purga. El jefe me comentó de unos compañeros cuyo trabajo francamente adolecía de baja calidad. Al final, no salieron. Se quedaron por gestiones del sindicato y gracias a la inamovilidad laboral. Pensé en aquel sobrino del ministro cuyo poder se hacía más evidente y que no parecía producir buenos resultados. Creo que tuvo un buen destino después de la muerte del CS.

Mientras tanto, yo todavía espero mis prestaciones sociales ya a dos años de mi renuncia.

III

Melbourne, Madrid, Dublín: ahora la cachifa soy yo

Nos volvimos a ir en 2012. Apenas con meses de diferencia salieron dos parejas amigas, una para Irlanda y otra para España. Cada cual con su historia y sus razones, todas cansadas y con cierta asfixia moral. Para mi era imposible tratar de hacer carrera de academia en Venezuela. En un lado del Guaire, la mejor metodóloga en ciencias sociales monta sus clases a base de Wikipedia. En el Rodolfo Quintero no han comprado una revista arbitrada desde 1986. En el otro lado del Guaire, lo mejor que se produce es propaganda cuchi y lo peor es demagogia pseudo-pedagógica. Eso sí, en ambos lados hay sueldos similares, todos rozan el límite de la pobreza. Matar tigres es tarea obligada para todos los bandos.

La producción es baja. Hace poco leí los análisis de la Guerra Económica de los pensadores revolucionarios. En Venezuela, los precios los determinan los capitalistas. La política monetaria y fiscal no tienen nada que ver, el gobierno es, en síntesis, víctima de otros. Imprimir plata inorgánica no guarda relación alguna con el aumento de los precios. Pensé en lo bondadosos que deben ser los burgueses bolivianos y ecuatorianos, vamos, con el poder de marcar precios y elevar la tasa de ganancia a 1.000%, bien podrían hacerlo si además eso ayudaría a tumbar sus gobiernos. Pero no lo hacen, ese sería el burguesismo gafo.

Nos fuimos un poco tarde para agarrar el autobús de la disponibilidad de dólares baratos. A nosotros nos aceptaron media solicitud de SITME. Luego, mi solicitud de estudiante CADIVI fue rechazada sin posibilidad de réplica. El chorro se había cerrado. Nuestros ahorros se quedaron en dos cuentas bancarias venezolanas, devaluándose y fueron mermando entre pagos de condominio y algún invento creativo por traernos algo. El financiamiento del doctorado nos sirve para sobrevivir. Aunque nunca he sido bueno para los negocios, he soñado con jugar al arbitraje cambiario de alguna forma, pero ya ni viajar a Venezuela parece una opción con la merma de los vuelos y el aumento de los precios de los boletos.

A mi amiga de España nunca le llegaron sus euros. Tenía que pagar matrícula y también llevaba hija y pareja. Ellas cuidan chamos, matan algunos tigres que la informalidad madrileña les permite. Mi amiga en Irlanda todavía no encuentra trabajo, pese a tener experiencia en varias áreas profesionales, su novia está cursando un postgrado pero no tiene financiamiento. Pueden cuidar chamos pero dicen que prefieren cuidar las suyas. Me dijo en estos días que pensaba limpiar casas.

Hace poco hicimos un mercado que se llevó lo último que teníamos. En Venezuela sigue aquella plata mermada por la inflación y acá no tenemos nada hasta el otro mes. Ya estamos buscando trabajo en tiendas y, como nuestra amiga, siempre está la opción de limpiar casas. Pensé en las venezolanas que hace diez años se habían ido a México. Mis crónicas de expatriados hoy está llena de historias como la mía y mis amigas, la imagen de aquellas venezolanas en la Ciudad de México está registrada en una época particular, con nuevos tiempos y la dinámica revolucionaria son más los que han ido saliendo, son un fenómeno poco conocido, somos diversos, extraños, estamos fuera de la órbita de los que están dentro, pero también fuera de sintonía con aquellos que hasta lograron llevarse la cachifa.

Raúl Cárdenas F.