Fuera de radar


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Derechos y reconocimiento: más allá del drama y el rechazo a los venezolanos en el exterior

Por Antulio Rosales

Varios meses atrás el canal del Estado, Venezolana de Televisión (VTV), transmitió una suerte de reportaje documental acerca de la reciente emigración venezolana. El reportaje puso de manifiesto un sinnúmero de prejuicios y el evidente desconocimiento que tiene el principal factor de poder mediático en Venezuela sobre la situación de los emigrados. Resultó ser una prueba del importante reto que implica para la sociedad venezolana reconocer a su propia diáspora y, más aún, para el Estado asumir la responsabilidad de garantizar los derechos de sus ciudadanos fuera del territorio nacional.

La idea central del reportaje es reducir el fenómeno de la emigración a un “tipo de venezolanos” que, en esencia, no podría llamárseles como tal. De acuerdo con una psicóloga consultada, los que migran son—casi todos—“blanquitos”, rubios, de ojos claros descendientes de inmigrantes europeos. La caracterización de este grupo poblacional la hace sin presentar dato alguno más que su propia imaginación—gracias al vocablo “diría yo”—y asumiendo un evidente prejuicio étnico-racial cuyo correlato es la romantización de lo “auténtico” que por supuesto no tendría tez blanca y es esencialmente popular, bueno y, claro está, leal. En el punto cumbre del “análisis”, asume que estos emigrados nunca tuvieron arraigo alguno en la patria y por eso se van. Eso sí, como buenos apátridas, nunca se adaptan en sus destinos, sufren la crisis del capitalismo, extrañando la belleza única de la tierra de Bolívar.

El objetivo último es desconocerlos y asumirlos como foráneos aunque tengan cédula y pasaporte venezolano. Es la excusa para ignorarlos, pero además y más importante, para negarles sus derechos. El supuesto análisis es una fachada para validar los presupuestos que tiene el poder y que entra en sintonía con las narrativas polarizadas a las que nos tiene acostumbrado el país. La migración es otro de esos temas que se ve atrapado en esas narrativas totalizantes. Es un hoyo negro en la información oficial y también resulta un espacio de fijación fácil para eslóganes vacíos.

La oleada migratoria no existe para el gobierno. No hay datos oficiales que den cuenta de esta realidad, no hay esfuerzos reales por acercar esta población a las sedes de representación oficial del Estado. Algunos revolucionarios sí reconocen el éxodo pero tienden a banalizarlo y consideran a los emigrantes unos raspacupos crónicos que viven de la teta gubernamental y jamás han pasado trabajo como el pueblo mismo.

Al otro lado de la acera, este es uno de los puntos sentimentales más hondos. Se habla del drama migrante y el de los “padres huérfanos”. Los más románticos ven en los emigrados únicamente a meritócratas formados en grandes universidades: un caudal de talento desperdiciado. Éstos deberán volver cuando la “democracia retorne” y ocuparán los espacios que dejaron o de los cuales fueron expulsados.

Maiquetía

Borroso en Maiquetía

La realidad es más compleja. Cada vez más, quienes emigran vienen de orígenes muy diversos. También tienen nuevos destinos, no solo España, Estados Unidos y Panamá, sino también Ecuador, República Dominicana, Perú, Argentina, México y muchos destinos más allá de América Latina. Ya no es extraño encontrarse con otros venezolanos atendiendo una cafetería en Toronto, gente vendiendo arepas en las calles de Santo Domingo y trabajadores informales en Quito. Y por supuesto, están muy lejos de ser esos “blanquitos pasteleros” que describía la psicóloga en aquel reportaje.

 

El Estado deberá alguna vez plantearse una agenda seria que logre tender puentes, pero sobre todo, reconocer derechos a ciudadanos que no están en el país. Para comenzar, hay que sacar cuentas, por muy dolorosas o incómodas que estas sean. En la actualidad, por ejemplo, los niños nacidos en Venezuela que cumplen 9 años fuera del país no tienen forma de renovar su pasaporte porque no tienen cédula. La expectativa es que los menores viajen con un documento de emergencia a Venezuela y hagan el trámite desde allá. El derecho a la identidad está siendo violentado de la forma más descarada a quienes son más vulnerables.

Los derechos económicos de quienes dejaron aportes en el seguro social deberán ser honrados. Además, los venezolanos están sub-registrados en las listas de los consulados y en el Consejo Nacional Electoral. Los pocos registrados solo pueden votar en elecciones nacionales, lo cual limita su participación política. No hay que explicar por qué nada de esto es casual. Si estos no son ciudadanos dignos de reconocimiento, mucho menos lo serán de influir en quien gobierna. En otros países, los expatriados tienen el derecho al sufragio como habitantes de su último domicilio en el país y, por ende, pueden escoger representantes al parlamento. Algunos, como Colombia y Ecuador, pueden incluso escoger representantes propios en el parlamento en circunscripciones extra-territoriales.

El principal reto que enfrenta Venezuela con sus ciudadanos dispersos por el mundo es el del reconocimiento. Para reconocerles, tendrá que saber quienes y cuántos son y asumirlos como ciudadanos, no como parásitos o traidores, sin importar qué los llevó a migrar, el color de su piel y si algo de amor sienten por la patria.


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Una piedra en el estómago

Por Antulio Rosales

Los pasos lentos de esa señora no me dejan dormir. En un lugar donde una cola se puede convertir en un ataja-perros, con armas incluidas y golpes mortales, ella y otras más se cuestionan si vale la pena buscar comida o medicinas a cambio de la tranquilidad.

En estos días de violenta escasez retumban los informes de saqueos y caos urbano en focos dispersos por todo el país. En simultáneo, el país optimista, politizado o no, reporta redes de solidaridad que irrumpen con una racionalidad difícil de reconocer. Puede que sea ingenua o simplemente sensible, pero lo cierto es que esa racionalidad está ahí. Hay destellos de familiares que buscan medicamentos que otros necesitan. Están los que llevan a las abuelas a hacer compras necesarias.

Unos empujados por la desesperación se ven obligados a rescatar tradiciones para resolver la cotidianidad. Algunos pedantes con voz de vanguardia celebran el hecho. En el fondo siempre quisieron que esto llegara hasta ahí. Arepas de maíz pilado, cosméticos hechos en casa, o la agricultura desde el balcón se convierten en estandartes de lucha y en romance de la tradición-revolución-pobreza.

Bachacos

Bachacos, tomado de islandiacarvan

El paso de la abuela seguirá lento. Los huesos frágiles no se harán más fuertes con los tomates organo-balcónicos. El medicamento de la enfermedad crónica debe llegar. Los niños con epilepsia no pueden esperar. La voluntad transformadora no puede con todo, ni está tan solo enfrentando una batalla de ideales con seres minúsculos, reducidos a insectos contrabandistas. Esos “bachacos” no son la causa sino un síntoma del problema. Para buscar culpables, basta con recordar al ministro que no hacía colas por razones de seguridad, al diputado que hoy es capaz de costearse demandas por difamación en Nueva York, a la pareja que le paga bufete de abogados caros a los sobrinos en problemas, al país socio que revende el petróleo que compró barato a precio de mercado. Así surgió el bachaqueo contemporáneo.

Fajarse a hacer arepas de maíz pilado indica mucho más que un recurso de imaginación. La señora pobre que alimenta a una docena de personas con ese montón de trabajo, no tiene tiempo que perder. No puede hacerlo todo, ni obtener todo lo que necesita. La voluntad es insuficiente y se termina traduciendo en el mensaje que escuchamos ya con más frecuencia: “no como desde ayer”. Hasta ahí llega el romance.

La pelea por acceso a la comida revela que la crisis es dramática y que el poder ha decidido invalidar el ejercicio ciudadano y con ello busca allanar el camino a la violencia. Esa es la única vía de escape y el gobierno confía en que ese es el camino que le favorece, en el que se mantendrá en pie, a duras penas. No es casual que extienda, ignore y obstaculice el proceso democrático en simultáneo con la puesta en marcha de mecanismos perversos para racionar lo poco que hay.

La hipocresía de quienes dicen estar con la paz resulta pasmosa. Es la paz de los hambrientos. La paz de la manipulación más básica. Toma tu bolsa de comida a cambio de retirar tu firma. ¿Militas en la revolución? Algo te llegará a tu puerta. Una bolsa de comida de vez en cuando no garantizará la paz, ni ganará adeptos para la revolución, solo quizás administrará la crisis y dosificará la violencia que es cotidiana. La descentralizará del abasto al vecino, del supermercado al vecindario. La violencia no es solo la piedra contra la vidriera, la violencia es diaria y está en el estómago de la gente.


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El lente de Allende y la marea hiperinflacionaria

Por Antulio Rosales

Carmen cayó rendida, exhausta y humillada junto al lente de Salvador Allende a las 3 de la mañana después de 11 horas de cola. Logró comprar detergente, pollo, carne, toallas sanitarias, papel higiénico, champú, aceite y pasta. La bolsa le costó 3.600 bolívares. Fue el 27 de noviembre de 2015, a pocos días de las elecciones del 6 de diciembre. Ese día llamaron a los funcionarios del Ministerio a comprar en un Mercal organizado exclusivamente para ellos. Era momento de aprovechar para llenar las alacenas con el empobrecido sueldo, y ocasión para chantajear al funcionariato para que votara por el PSUV días más tarde.

La cola fue extenuante. Ella era la número 645. Desde afuera golpeaban los portones, los vecinos y otros grupos organizados. Hubo coñazos y hasta tiros. El funcionariato fue protegido en su humillación-privilegio, pero hubo forcejeos con uniformados que agarraron lo suyo sin hacer la cola. Cayeron sus cuerpos cansados y dolidos a las 3 de la mañana junto al lente de Salvador Allende en sillas improvisadas. En algún momento Carmen despertó porque una vieja amiga de la universidad y compañera de trabajo la vio y se sorprendió de encontrarla ahí. Ninguna de los dos creía completamente dónde estaban.

El lente de Allende

El lente de Allende

A Nicolás Maduro le fascina la figura de Salvador Allende. Durante su tiempo en la Cancillería, el sobrino de Cilia Flores, Erick Malpica, se avocó a una costosa remodelación del edificio del Ministerio, como lo había hecho tiempo antes en la Asamblea Nacional. Era el administrador del Ministerio, también lo había sido del parlamento y lo sería luego de la Vicepresidencia. Lo esperaría la Tesorería Nacional y la vice-presidencia de finanzas de PDVSA cuando el tío llegó a la cúspide del poder. Taladraron el mármol negro del lobby de la Cancillería, el piso Simón Bolívar, y lo reemplazaron con otro material. Instalaron una escultura de gran tamaño, un lente roto, el de Salvador Allende, simbolizando sus restos el 11 de septiembre de 1973.

El 6 de diciembre un aluvión de votos aterrizó en Plaza Caracas contra Maduro y su partido. El presidente aceptó la derrota sin reconocer la realidad. Según Maduro, ganaron los malos, la guerra económica, el fascismo. En su afán de heroísmo se sintió víctima de un golpe, como Allende. No ha podido aún reconocer su parte en el problema, no se enteró de que en las colas, la gente que se abalanza por un pollo, los que revenden y los que no, son víctimas de sus políticas.

Ahora además declara una guerra contra la gente. Desmantela formalmente el Banco Central de Venezuela y oficializa las funciones que ha venido asumiendo en los últimos años. Ministerio de impresión monetaria, financiador del déficit y leña del fuego inflacionario. Invita al gabinete económico a quienes argumentan que monetización del déficit no incide en el alza de los precios. Impulsa el modelo de controles, pero además, decreta la legitimidad de la opacidad. En términos concretos, el gobierno declara la especulación como regla de vida, si no ¿cómo podríamos planificarnos sin conocer siquiera los más elementales indicadores que nos rigen? Solo queda espacio para la elucubración.

El gobierno quema sus últimos cartuchos, defiende su modelo y se lanza al vacío. Mientras, un septuagenario con poder recién adquirido invierte tiempo útil en personalmente deshacerse de imágenes que rindan cultos paganos.

La pedantería adeca se detiene en alimentar excusas para la diatriba fácil, sin advertir la seriedad de las faenas por venir. Al tiempo, el liderazgo chavista se empeña en taladrar con voluntarismo obcecado cuanto piso de mármol encuentre para hundirse más. La marea hiperinflacionaria no respeta portones, ni guardias a medio entrenar, se lleva todo por delante, se salva quien agarre algo primero, y continúa su feroz camino al día siguiente.

 


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Las OLP: del plomo al certificado de paz

Por Antulio Rosales

No está muy claro si la pérdida de control efectivo sobre el territorio y sobre la violencia legítima ha sido el resultado de una estrategia planificada, si es una idea basada en una novedosa visión de la guerra de cuarta generación o si es producto de una mezcla de estrategia con ineficiencia, corrupción y desidia.

El Estado delegó en diversos grupos irregulares la (in)seguridad ciudadana. Ahora, cuando no controla a esas facciones, busca recuperar parte de ese control territorial. Para ello, apela a unos operativos de fuerza élite que se asemejan a los que Brasil viene ejecutando en sus barrios para brindarle al turismo internacional la seguridad que requieren las olimpiadas y los mundiales de fútbol. También allá se les relaciona en el discurso oficial con liberación y pacificación. Resulta cuando menos irónico que este modelo de intervención focalizada lo exportó Colombia a Brasil y otros países de la región, partiendo de su ‘exitosa’ batalla contra el narcoterrorismo.

En Venezuela las denominadas Operación Protección y Liberación del Pueblo (OLP), como muchos de los nombres de la política bolivariana, suenan a cuento de hadas pero terminan siendo… otra cosa. Como comenta Keymer Ávila, el sistema penal venezolano “es como un péndulo en constante movimiento que va entre las ausencias y los excesos, puede detenerse un tiempo en cualquiera de estos dos polos, pero casi nunca lo hace en el justo medio”. Con las OLP pasa al punto del exceso, donde los procedimientos no parecen estar apegados a una normativa establecida. Todavía hoy no hay cifras exactas de la cantidad de detenidos ni muertos en las operaciones que se han llevado a cabo.

Las OLP ponen al gobierno bolivariano en una posición incómoda consigo mismo. Ese Estado benévolo que protege a su pueblo, especialmente al más pobre e históricamente desposeído, viene dispuesto a retomar el control sobre territorios dejados a su suerte. Muchas veces incluso esos territorios son intervenciones del propio gobierno bolivariano, no son el resultado de la perversión del tan mentado capitalismo rapaz que marginó al pueblo pobre por décadas. En el caso de la Gran Misión Vivienda Venezuela, son territorios casi de excepción creados en Revolución para salvar al pueblo de las lluvias. Son territorios construidos bajo la inspiración de la planificación-imposible-devenida-en-improvisación: con petrodólares, hechos por inversionistas extranjeros desconocidos y diversos, de manera rápida, poco planificada, poco transparente y con objetivos electorales en la mira.

Un gobierno “benévolo” creó masivas residencias y trasplantó poblaciones sin mucho propósito, con quizás una peluquería por aquí, una casa comunal por allá, pero sin ideas sobre fuentes de empleo, planificación urbana y ni hablar de ambiental. Ahora trata de pacificar esos territorios que en poco tiempo se convirtieron en focos fuera de la ley, en lugares donde además de ocurrir actividades delictivas diversas, se incautan toneladas de productos controlados, ese otro territorio de excepción que el gobierno ha constituido: el de productos de primera necesidad a precios muy por debajo del precio de mercado.

Protector del pueblo

Protector del pueblo

Es comprensible que la población de estos ‘territorios de paz’ se sienta temerosa, tanto del hampa como del Estado ‘liberador’. El gobierno, incapaz de proveer condiciones básicas que permitan mantener la paz en estos sectores, luego de la puesta en marcha de las OLP decidió emitir simbólicos premios a los hogares que se portan bien. Esos hogares recibirán el certificado de “hogar de paz”, una vez que la Guardia Nacional haya llevado a cabo un gran censo en todas las viviendas que han sido entregadas por la Misión hasta ahora. Aunque parezca increíble, el gobierno nacional realizará un censo, como si la GMVV se tratara de un fenómeno urbano espontáneo ocurrido a lo largo de décadas a espaldas de las autoridades. Después de construir, asignar y entregar las viviendas en un período de pocos años, el gobierno quiere conocer quiénes las habitan y en qué condiciones. El Estado busca hacerse presente y ya no cuenta con recursos para ofrecer paz, sino el de la fuerza y el simbólico reconocimiento para premiar a unos y castigar a otros.


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Falsos concretismos

Por Raúl Cárdenas F.

El 29 de diciembre estaba listo para escribir sobre los anuncios económicos. Esperaba las famosas medidas, la simplificación cambiaria, el nuevo modelo productivo. Maduro aplicó la típica jugada de cambio de equipo, la alquimia burocrática y pidió esperar hasta después del ‘abrazo de año nuevo’ para lo sustancial. Nadie se abrazó en aquella tierra el 31 de diciembre. Nadie quería que le cayera la pava; unos pensaban en el cupo electrónico, otros en el viajecito soñado, los más maquiavélicos decían que si no había medidas habría una ‘implosión’ del sistema, del colapso saldría la primavera.

Pasó año nuevo. Maduro no habló de medidas y, en cambio, empezó el viaje por Rusia y China, esperando un colchón que amortiguara el aterrizaje, siguió sin rumbo fijo, a la deriva, buscando plata e inversiones. Le dieron inversiones. Inversiones para sacar el petróleo ya comprometido, claro está. Inversiones para las Zonas Económicas Especiales que fueron condición de préstamos pasados. Inversiones que vendrán, pero ciertas condiciones aplican.

Decía Maduro en su paso por Qatar que estaba fajado encontrando soluciones a la crisis. Que venía con actitud pragmática, para descalificar a quienes vociferan contra la aparente tozudez de un “modelo fracasado”. Pero advirtió que no caería en falsos concretismos.

Muy concreto

Muy concreto

Ese es el aviso de los momentos difíciles, de la cuota de sacrificio que cada patriota debe conceder en esta hora aciaga, cuando los especuladores esconden el inventario y los bachaqueros se llevan nuestros productos. Las colas se han convertido en la nueva razón patriótica. Maldito quien pretenda solevantar al pueblo y descarrilarlo de su paciente voluntad. En esas obedientes filas abarrotadas de pueblo se encuentra el verdadero concretismo del chavismo en su fase madurista. En un estoicismo ridículo que vocifera que hay comida suficiente hasta para exportar y que las colas se deben a compras nerviosas. El verdadero concretismo implica el clásico chantaje emocional: quien se queja traiciona, el que protesta subvierte el orden revolucionario. La patria es paciencia, la patria está en la cola, encarrilada.

pendon

¡Milagro en Barquisimeto! Titularon por ahí

Afortunadamente la otra mitad del país no se cala tanto materialismo. Ahí tienen a la Conferencia Episcopal alertando sobre la amenaza del Marxismo fracasado. Reconocen en las colas el momento de Dios para movilizar al pueblo y re-unir las fuerzas que hasta ahora se oponían entre salidismo y esperismo. Se levantan otra vez los ánimos del ecumenismo sincrético-religioso en un vago llamado a la calle. Ahora hay nuevas señales de que la caída es inminente: el pendón roto en Barquisimeto. De la mano de la Divina Pastora viene la rebelión democrática. Venezuela comienza 2015 entre filas interminables, conspiraciones fallidas, rebeliones espirituales, todos falsos concretismos, de donde saldrán falsas esperanzas e imposibles soluciones.

Ah, las medidas ‘concretas’ ya no llegarán el martes, tal vez sea el miércoles o el jueves.


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El rentismo bueno y su fase control-fílica

Por Antulio Rosales

A finales de julio fui a un evento público sobre el petróleo. Me gustó mucho escuchar a alguien retomar con originalidad argumentos de las ciencias sociales venezolanas, el capitalismo rentístico de Asdrúbal Baptista y la antropología del petróleo de Rodolfo Quintero. Me fascinó ver cómo un tema tan medular es tan poco discutido en Venezuela.

Uno de los panelistas argumentaba con persuasión que se pierde mucho tiempo hablando de la corrupción en Venezuela como un problema ético y no como un asunto constitutivo de la economía política de la renta, de su distribución. Este es un tema central para un país que depende no de la riqueza que produce su trabajo sino de la renta del suelo. La sobrevaluación de la moneda es un rasgo propio de la forma económica del país desde tan temprano como 1934 cuando se firmó el Convenio Tinoco. Irónicamente, el episodio es recordado como una devaluación, pero de hecho, sobrevaluaba al bolívar frente a un dólar desplomado por la Gran Depresión. La intención del momento era compensar y financiar el sector agrícola. Ya sabemos que pasó con esos planes.

Venezuela se fue vinculado a la economía mundial casi exclusivamente a través de su petróleo, contando con momentos de ingresos extraordinarios en divisas–como en los años setenta y luego en los 2000–que produjeron grandes distorsiones en su economía debido a sobrevaluaciones del bolívar, entre otras. En especial, intensificaron la dependencia en la extracción de hidrocarburos, a expensas de casi cualquier otra actividad productiva, o lo que también se denomina Enfermedad Holandesa.

En ese evento alguien se levantó con energía a decir que la sobrevaluación era un mito y que la Enfermedad Holandesa era un invento. Y volvió sobre los 20 mil millones de dólares que CADIVI y algún grupo de burócratas corruptos entregó a empresas de maletín, como el meollo del asunto. Esa persona no atinaba a vincular una cosa con la otra: dólar barato y escaso con corrupción y especulación. Naturalizar la sobrevaluación para la economía en un país petrolero es equivalente a los roles de género en la sociedad: invisibles pero omnipresentes.

A muchos revolucionarios les preocupa cómo el gobierno enfrenta problemas de este tipo, por ejemplo, negándose a publicar los nombres de quienes se apropiaron de aquellos recursos. Lo lamentable es la forma como muchos de ellos comprenden estas falencias. Los temas de apropiación indebida de recursos, ineficiencia y hasta la economía criminal son vistos como problemas de individuos malsanos, inmaduros y ávidos de poder. El problema se reduce a cada uno de ellos, a su naturaleza humana y no a la estructura que les alimenta de incentivos su existencia.

Esta misma gente es la que ofrece una explicación estructural a cuanto cangrejo no se ha podido resolver en 15 años, pero los problemas de los que se quejan intramuros no responden a ninguna razón sistémica, a su propio modelo, responde a un grupo no pequeño de individuos. Paradójicamente, muchos revolucionarios se fueron convirtiendo, sin sospecharlo, en individualistas. Reconocer las estructuras y los mecanismos que le dan vida a esos “contados” individuos sería un ejercicio tan costoso como suicida que no están dispuestos a realizar. Es que son los mismos mecanismos que sustentan el propio proyecto bolivariano. Prefieren morir con el lugar común de la individualidad corrompida y las desviaciones de la cultura.

Es por eso que en el imaginario revolucionario existe un rentismo bueno, la posibilidad de un CADIVI honesto, salido de una fantasía giordanesca. No es de extrañar que el capítulo contemporáneo–‘socialista’–del rentismo venezolano pretenda solventar los problemas propios del modelo con controles y regulaciones que metan en el carril a esa manada de individuos desbordados. De ese empeño han surgido en estos días esos burócratas control-fílicos y biométrico-obsesivos que atesoran el sueño de mantener la harina a 17, codificada a la huella digital de cada consumidor.


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En el útero de la política

Por Anyely Marín Cisneros

Hace varios años la Misión Vuelvan Caras, a la cabeza de otros programas del gobierno, desarrolló una línea de trabajo para fortalecer una política que apoyara la participación masiva de las mujeres en las misiones sociales. Era el año 2005 y el proyecto de desarrollo endógeno, bandera de la revolución socialista por unos años, contabilizaba 64% de participación de mujeres; una cifra superior se registraba en las misiones educativas. En la efervescencia revolucionaria el fenómeno parecía prometedor de importantes transformaciones culturales.

En ese entonces ya era evidente que esta respuesta masiva podía tener un alcance real en lo político y un impacto determinante en la subjetividad, pero su éxito dependía de que el movimiento popular se apropiara de este proceso, y entre otras acciones, abriera una línea de reflexión feminista que, a la par, obligara a la estructura del Estado a avanzar hacia un modelo equitativo. Pero como sabemos, entre la izquierda venezolana predomina una corriente decididamente antifeminista que rechazó una y otra vez la posibilidad de pensar problemas sociales relacionados con la división sexual del trabajo y los recursos, por no hablar del reparto simbólico e intelectual entre los sexos.

Los años prometedores quedaron atrás, sin embargo, el fenómeno de feminización de la base chavista no se detuvo. Si bien la absorción veloz del movimiento popular en el aparato burocrático, entre 2005 y 2013, traza la ruta del ocaso de las grandes promesas bolivarianas, la base chavista sigue fiel al gobierno, aunque cada vez más lejos de tener una producción semántica independiente. En el caso concreto de la feminización de las bases, se advierte la emergencia de una modalidad de poder que merecería una profunda intervención crítica apara atajar su deriva normativa y conformista, amén de cuestionar y evitar la creciente instrumentalización, noble o despótica, de las funciones del cuerpo.

Cuando Chávez se declaró feminista le dio consistencia al malestar social que proviene de la dominación sexual y de la violencia, misógina y sexualizante, que se practica en todas las esferas de la vida pública venezolana. Esta declaración contrarrestó la satanización histórica del feminismo entre la izquierda, pero el efecto irrepetible quedó sofocado por la dirección normativa del feminismo de Chávez, resumido en el juramento que el Presidente hizo repetir a sus seguidoras en alguna oportunidad: jurar por Dios parir y amamantar a los hijos de la Patria. Entre el útero de la patria y el culto a la madre quedaron afianzados los vectores conservadores de la gestión de los sexos en la Revolución bolivariana.

Dentro de las filas del chavismo han florecido numerosos colectivos de mujeres. Aunque algunos de ellos han organizado su trabajo en estrecha relación con entes gubernamentales, la mayoría ha propuesto agendas de acción independientes y han interpelado al Estado con éxito en diversas oportunidades. Por lo general, han sido mejor escuchados cuando sus demandas no excedían el marco de la lucha por los derechos reproductivos. Otras exigencias, como la despenalización del aborto, por ejemplo, se han visto truncadas frente a la hegemonía conservadora del gobierno, como lo hacen constar numerosos comunicados públicos de estos grupos. Pero la feminización de la base  atañe a una lógica diferente de la de los colectivos organizados.

La feminización del chavismo es el efecto de identificación masiva de las mujeres producto de la modulación de la afectividad, del llamado directo a su rol de madres (y ahora de hijas) y del requerimiento de proyectar en la polis su (supuesto) don de ternura y amor. Experiencias previas del movimiento de mujeres han visto reencauzadas sus fuerzas hacia las labores de cuidado y servidumbre bajo lemas como “Las mujeres hacen Patria”. Las resonancias con el caso bolivariano son obvias y podrían aportar pistas para repensar el destino de éste y otros aspectos de la subjetividad, pues el porvenir de cambios sociales profundos penden de los usos políticos que se hagan de las prácticas del cuerpo y los afectos. Hasta ahora, se ha explotado el levantamiento de la moral de las bases en versiones de culto sexista cuyos principios se alejan de lenguajes emancipadores. Los discursos que se dirigen a fortalecer el perfil de una supuesta mujer guerrera, madre y trabajadora sin descanso, a la cual se le exige entrega, amor y dedicación en el ámbito público y privado, le ofrecen la incorporación al cuerpo de la nación en tanto paridoras. En simultáneo, se fortalecen los dispositivos que incitan y celebran el talante de “la mujer venezolana” bajo un modelo sexualizante que ha convencido a las mujeres del Caribe de ser las más agraciadas del universo.

Así es que, en nuestra cultura, el seno materno comparte lugar con el implante de silicón. Buena parte de las bases populares aspira o ha practicado modificación corporal bajo parámetros más bien comerciales. Los programas de hipersexualización que hay detrás de estas prácticas están cada vez más extendidos y jamás encontraron obstáculos reales en la política bolivariana. Acá se solapan la vocación popular del proceso político y las estrategias chavistas que han apostado a filtrar elementos de marketing envueltos en supuestos lenguajes revolucionarios, neutralizando sistemáticamente las posturas críticas frente a esto.

La compulsión de estos discursos apunta hacia una subjetividad peligrosamente normativa. Los orígenes diversos de esas técnicas del cuerpo coinciden, no por azar, en puntos ciegos de la estratificación racial, sexual y de clases, por lo tanto, cabe la posibilidad de que estas estrategias de empoderamiento moral reviertan fácilmente hacia prácticas reaccionarias y de sometimiento, o cuerpos dóciles, adentro y afuera del movimiento. La revolución bolivariana pudo haber desplegado políticas que subvirtieran esos paradigmas estereotipados o pudo jugar a infiltrarse en ellos para fortalecer su base. Hasta ahora sigue ponderando la segunda vertiente.

Para completar ese engranaje, entre las mujeres del gobierno se advierte la falta de gramáticas próximas al feminismo o una visión de género amplia, que desafíe estos discursos. Destacan los casos de Andreína Tarazón y de Gabriela Ramírez. También son elocuentes las embestidas misóginas de Tania Díaz y de María León en la Asamblea Nacional, aunque la misoginia, junto a la homofobia, emerge en el discurso del oficialismo con gran frecuencia. La condescendencia que revela los constantes “reconocimientos” del rol de las mujeres en la revolución, y muy especialmente los modos en que se gestiona el tutelaje de ese potencial movimiento popular, hablan de otras formas de misoginia.

El fenómeno de las mujeres chavistas, y las políticas que lo empujan, sigue adelante intensificando tecnologías de género convencionales, hasta cierto punto sofocantes, que muestran la dimensión del equívoco que se ha producido al instrumentalizar la idiosincrasia como supuesto índice revolucionario y al poner énfasis celebratorio en las costumbres y los hábitos antes que apostar por la transformación de éstos. Al encumbrar al pueblo como modelo ideal de sí mismo el chavismo ha creado su mayor fortaleza y su callejón sin salida. Este efecto es mucho más evidente en el uso que se ha hecho de los lenguajes populares y de las representaciones que se le atribuyen al pueblo, a los jóvenes y a diversos sectores. Estereotipos y sobredimensiones que inflaman un relato de insurgencia que contrasta con el cuerpo vivo, tremendamente penetrado por la cultura de masas, el consumismo y los hábitos de mercado.

Hace unos años cabía esperar la emergencia de una política del cuerpo que se liberara de las cargas racializantes y sexualizantes amarradas al mandato patriótico. En aquel entonces no era un despropósito apostar por una revolución de las mentes que sacudiera los lenguajes coercitivos de la diferencia. Hoy, quizá la intervención radical de una política que se aleje de las gestiones de despacho podría interrumpir la lógica normalizante que se hizo hegemónica en el proceso bolivariano, y sin duda, el actual anquilosamiento de la rebeldía en el aparato de poder aleja el horizonte para tales acontecimientos.