Fuera de radar


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A la tierna izquierda (inter)nacional: A ver si se atreve a mirar a su muñequita

Masaya Llavaneras Blanco

Hace poquito, en un país del Caribe que me recibió hermoso y enredado —como es el Caribe– me senté a conversar con compañeras feministas que me encontré en el camino.

Escuchándonos acentos, llegamos a mi venezolanidad, reímos y disfrutamos sabernos cercanas. Una de ellas me habla de lo cercana que siente “La Revolución.” Se engancha a decirme cómo en su momento le cambió la vida saber que tal cosa podía ocurrir, y que en Venezuela esa cosa —”la revolución“— era “real”.

A los pocos segundos me mira. Me nota silenciosa.

Me dice “Pero de lo está pasando ahora no vamos a hablar.”

En pleno círculo social esta chica que apenas me conoce me dice de qué hablaremos y de qué no con respecto a mi país de origen. Yo sonrío haciendo alarde de la trujillanidad que me heredó mi abuelo: ese sonreír con los labios cerrados, en silencio pero con tanto contenido. Sólo atino a decirle que “la verdad es que ahora Venezuela no está nada bien”.

Ella tuvo a bien seguir hablando —ahora incluso con la voz más fuerte— sobre las maravillas de la revolución, dirigiéndose a las otras chicas no tan enteradas de la vida en Venezuela o del país del que hablaba mi nueva amiga revolucionaria.

Hay algo que ella dejó muy en claro: no quería saber más, y no quería que las otras supieran nada que no se pareciera a la revolución de la que ella estaba hablando.

A su narrativa no le convenía mencionar la insatisfacción profunda, la escasez real, el hambre cotidiana, o la decepción insoportable. Su revolución es como una muñequita de porcelana de las que las abuelas más mayores tienen en el ceibó de la casa. Su revolución está guardada, como souvenir, como una postal que le mandaron de una tierra exótica porque esta chica (que de resto me caía muy bien) nunca había ido a Venezuela. Sin embargo estaba preparada para contarles a todas lo maravillosa que es la “revolución”, cual postales de Leningrado.

Su Revolución de porcelana es frágil, no aguanta preguntas, no resiste dudas y por tanto pretende aplastarlas. Su revolución no aguanta otras voces, su revolución no quiere verse en el espejo. Entonces la muñequita queda allí en el ceibó. Agarrando polvo. Las arañitas le hacen telarañas alrededor. Quizás hasta se hace un nido de chiripas justo allí, debajo de la muñequita, por dentro de la muñequita.

No sé si esta chica un día quiera limpiar sus muebles. Quién sabe qué se encuentre entonces, cuando quiera quitarle la película de polvo a la decoración de su ceibó. Es curioso que a pesar de lo tanto que la quiere, nunca la mira realmente. Sólo le gusta saber que su muñeca está ahí. No importa a qué costo. No importa en qué se convierta.

Ella dice dormir tranquila porque sabe que la(su) revolución existe.

Yo por el contrario encuentro cada día más difícil alcanzar el sueño.

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La muñeca de Plaza Venezuela, 2011. De Masaya Llavaneras Blanco. Tomada de IslandiaCaravan (https://islandiacaravan.wordpress.com/2011/04/24/islandiacaravans-third-photo-exhibit-on-the-urban-landscape/)

 


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Otro texto que no te va a gustar

Por Masaya Llavaneras Blanco

Para M.M. y N.Z. por razones opuestas.

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Desafiando la muerte, de Sigfredo Rodríguez. Tomada de  www.caracascaos.com.ve

Hoy empecé a dar clases a estudiantes de pregrado. Nada de estrellato, soy preparadora de una materia de primer año. Como el grupo es pequeño, nos tomamos una parte de la clase para definir las reglas básicas de convivencia que tendríamos en el aula. En la conversación surgieron los temas que se pueden esperar. A nadie le gusta que no se le respete su punto de vista, a nadie le gusta ser discriminado. Entre las conclusiones a las que llegamos como grupo está que estamos de acuerdo a estar en desacuerdo y que nuestro grupo era un espacio para discutir ideas, no personalizar discusiones.

Qué fácil se dice y qué difícil se hace. Con la escuela de vida y la mella en el alma que es Venezuela para mí (entre otras mil otras cosas que no vienen al caso), el tema de la convivencia elemental  constituye un reto cotidiano que he visto adquirir absurdas dimensiones. En una sociedad polarizada se vive con la sensación casi siempre real de que todas tus relaciones – incluso las que pensabas más entrañables – están en juego.

Familiares distanciados entre sí, incluso lo que jugaron juntos y fueron cómplices toda la infancia. Gente amada que debió trabajar usando un chaleco antibalas pues iba vestida con ropa que le identificaba como chavista lo cual le hizo objeto de disparos durante el duro año del 2002. La sensación y casi certeza de que alguien que conoces desde niña está dispuesta a compartir información sobre tu vida personal en las redes sociales, especialmente entre quienes hablan con odio sobre tus ideas o sobre las de aquellos a quienes amas. Gente que es capaz de poner en riesgo tu bienestar físico por pensar distinto.

Un día coincidí con una amiga de mis padres de toda la vida en una reunión de trabajo. Ella estaba allí como representante de la sociedad civil, yo como representante de una organización gubernamental. Con una sonrisa me dijo que yo estaba sentada del lado equivocado de la mesa, que yo realmente debía sentarme de su lado. En ese momento tomé su comentario como una petulancia y una provocación. Con los años, sin embargo, lo reinterpreto como un comentario más cuidadoso – profundamente honesto y hasta afectuoso. Sus palabras se encuentran en perfecto contraste con la barbarie de las balas cobardes disparadas a la distancia contra gente que amo. Su honestidad y su respeto – pues finalmente cada una conversó con la otra desde su trinchera – están a años luz de las relaciones cercenadas y la hipocresía a la que nos somete la autocensura. A la larga creo que pertenezco más a la sociedad organizada – y siempre civil – que a los bandos politiqueros y a la banda de la repetición. Pero de nuevo, esa es otra historia que no viene al caso.

Siempre he sido incómoda y profundamente amiguera. Me gusta la gente. Me gusta la gente distinta, me gusta conocer al otro. Creo profundamente en la empatía, en entender lo diferente, en dialogar. Y sé de diversidad. Soy la niña becada de los colegios privados. Soy “la licenciada” que pateó barrios y ha compartido sancochos en pote de chisgüis. Soy la analista del banco que siempre iba en zapaticos llanos y sin maquillaje. Soy la prima chavista que nadie entendió:

– “Ella tan preparada y anda con esa gente.”

Soy la hija desclasada que ya no aguanta la barbarie en que devino el chavismo:

– “Ella tan comprometida que se veía y mírala de intelectual que porque   estudia un posgrado se le olvida que es pueblo.”

¿Ves? Te advertí que este era otro texto que no te iba a gustar.

Me niego a ser coro de tus intereses, aunque no los veas. De tu ceguera, de tu profundo egoísmo.

Y a mí que no me pregunten quién mueve los hilos de la economía mundial quien no se atreva a preguntarse de dónde viene la plata del gobernador o del diputado amigo. A mí que no me pregunte sobre los enriquecidos y los intocables quien se niega a preguntarse por qué hay voces silenciadas dentro y fuera del chavismo. Que no me pregunten quién siembra lo que comemos si no se atreven a preguntar, hasta las últimas consecuencias, quién permitió que se pudrieran toneladas de alimentos de PDVAL.

Me niego a la obligación que me impones de ayudarte a dormir tranquila a costa de mi silencio.

Hace hace rato que acordé estar en desacuerdo.

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Niño al agua 2, de Alejandra López. Tomada de  www.caracascaos.com.ve