Fuera de radar


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Esto no es normal

Masaya Llavaneras Blanco

Me despedí de mi hermano a las 8 en punto. En el café donde nos tomamos dos cervezas nos dieron la cuenta a las 7 y 50. Decían que las calles estaban muy violentas, que ya había que cerrar. Yo no veía a mi hermano desde hacía tres años, el tiempo se me hizo corto, pero entendí. Chacaíto se veía desolado en los pocos pasos que lo recorrimos hasta entrar al metro. Me despedí de mi hermano en los torniquetes, él tenía que agarrar una camionetica en otra dirección.

Estaba esperando en el andén a que llegara el metro en dirección Propatria. El andén estaba lleno de gente que había salido de trabajar, gente cansada, gente que además tenía los horarios interrumpidos y fracturados entre trancones, miedo y discursos gubernamentales que insisten en narrar una historia paralela, de que todo está bien, reina la normalidad y quienes digan lo contrario no sólo están equivocados sino que son criminales o son enfermos mentales.

Era mi segunda noche en Caracas después de 3 años.

El metro entra al andén y de inmediato veo caras de terror entre los pasajeros que estaban en el interior del tren. Corrían hacia los extremos del tren o se agolpaban contra las puertas. Desde el andén no era claro lo que estaba pasando hasta que se abrieron las puertas y salieron todas las pasajeras y pasajeros atropellándose unos a otros.

En medio del andén alguién disparó.

Me tiré al suelo.

¿Será que este es el inicio de la guerra que se respira?

Detrás de mí se tira una señora mayor.

Ya no hay disparos.

Me levanto. Detrás se levanta la señora, avergonzada señalando un charco donde ella se había tirado. No lo dijo, pero ambas sabíamos que se había orinado del miedo. Ella prefirió alejarse un poco del charco que la incriminaban a ella y a la mancha en su pantalón mientras yo seguía de pie tratando de entender.

Bajan 3 funcionarios del metro poniéndose chalequitos rojos que los identifican como trabajadores. Corren de un lado al otro. Tienen cara de no entender nada. No le explican nada a nadie.

Todo está normal.

Poco a poco la conversación pasa del susto a que se nos está haciendo tarde. Y es que la ciudad está tan dura, tan complicada, que a todas luces era preferible quedarse en el metro a pesar del disparo y del miedo, a salir a enfrentar a Caracas a las 8 y 30 de la noche un martes.

El tren, que había quedado estacionado en el andén todo este rato, volvió a abrir las puertas. Poco a poco nos fuimos montando todos, las conversaciones pasan a ser tipo: “coño, yo iba sentada y ahora perdí el puesto”, “hoy en la protesta nos echaron un agua que arde en la piel”, “si, las bombas lacrimógenas no pican los ojos solamente”…. Una muchacha que si se había logrado sentar en el retorno al tren llevaba la constitución sobre el regazo y guardaba silencio.

Atrás de mí va un loquito, de esos que tienen tiempo en la calle, como con una capa extra de piel. Tiene los ojos pardos y una mirada dulce. Mi mirada se encuentra con la suya y me dice:

¿Estás muy asustada?

Le dije que sí. Que estaba muy asustada. Él también me dijo, y añade:

Uno nunca sabe si va a regresar a la casa vivo.

Entre una cosa y otra, observando y escuchando las conversaciones a mi alrededor el metro se empezó a mover. … “conseguí un paquete de arroz en 10 mil, ya no se puede llevar casi nada a la casa”… …”mami, por dónde vamos? Ya vamos a llegar? Tengo hambre”…

Volteé a donde estaba el loquito. Hacía un truco de magia desapareciendo monedas sin valor en un trapo negro (lo de sin valor es una redundancia porque el dinero no vale nada en Venezuela). Era un espectáculo particular para el niño de unos 5 años que ansiaba llegar a su casa a cenar.

Poco a poco me dirijo a la puerta del tren. Me toca bajarme en la próxima. Subo a la estación y veo a mi papá esperándome. No importa cuan mayor me ponga yo, ni cuan mayor se ponga él, mi papá me viene a buscar al andén para caminarme a la casa. Son 4 cuadras desde la Avenida Universidad a la Avenida Urdaneta. Cuatro cuadras que recorrí siempre, embarazada, con bebé, sola, acompañada, de noche y de día. Nunca había recorrido esas cuadras entre restos de bomba lacrimógena en el aire ni pilas de basura recién quemada cada 50 metros. Se escuchaban detonaciones en los alrededores.

Papá y yo caminábamos acelerados. Él insistía en que camináramos pegados de los edificios, me imagino que para evitar estar en el trayecto de alguna bala. Mi instinto siempre ha sido el de caminar cerca del pavimento para evitar que me arrinconen. Son instintos de sobrevivencia de crecer en Caracas. En ese momento era más apropiada la lógica de mi padre, y le hice caso.

Ya a una cuadra de la Avenida Urdaneta había más luz, también más olor a bomba lacrimógena. Y personas, parejas, una mujer embarazada, bajando hacia el metro…. lo que no sabían es que habían cerrado la estación por el disparo aquel en Chacaíto. Me pregunto cómo llegarían a casa esa noche.

Recuerdo llegar al apartamento asustada. Muy asustada y queriendo saber de mi hermano. Supe que llegó bien.

A la mañana siguiente me negué a tomar el metro y mi papá me miraba con sorpresa.

¿De verdad no te vas a querer montar en el metro ahora?

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La verdad es que uno se acostumbra a todo. Eso mismo he dicho yo a tanta gente que me pregunta si no me parece horrible el invierno. A mi no me disgusta el frío. Lo que si me disgusta es la oscuridad.

Me disgusta la oscuridad de las calles de la candelaria entre fuegos recién apagados. Me disgusta la oscuridad de la desesperanza en los ojos de la gente que quiero: vi gente vital cuya energía se va en preservar un sentido de integridad que cada día les puede ser arrancado. Y se nota en las miradas determinadas que insisten en que hay cosas que no pueden ser usurpadas, hay límites antes de dejar de existir como individuo, antes de volverse masa sin espíritu ni voluntad.

Vi chamos jóvenes que están empezando a ser adultos y se niegan a creerse el cuento de la normalidad que les imponen mientras ven compatriotas comiendo de la basura; adultos y adultas que procuran ser consecuentes consigo mismas y con sus chamos, que tratan de cultivarles espacios de paz a pesar de la violencia; amigas que no importa la ignominia están en los momentos cruciales y son capaces de ver la miseria cotidiana a los ojos; mujeres mayores determinadas a vivir con dignidad a pesar de todo; hombres mayores llenos de principios e ideales para quienes sería ya demasiado duro dejar ir lo que ya se fue. Todos en batallas personales, que al final también son colectivas: la batalla sobre seguir existiendo de verdad, sin que los quiebren.

Porque la verdad es que este cotidiano nos está quebrando.

Es un problema que sea sorprendente y no comprensible que yo no quisiera usar el metro el día siguiente de aquel martes. Como cuando una amiga imprescindible me contaba de cómo un Guardia Nacional apuntó y disparó a un vecino que lo filmaba. Pero no le dio así que no pasó nada. Y tan campantes podíamos pasar a otro cuento más… porque la historia hubiera sido que la bala del GN le hubiera alcanzado; la historia hubiera sido que la noche del martes en el metro hubiera habido un muerto. Y me temo que ni siquiera serían grandes historias. En Venezuela llevamos 4 meses de protestas con más de 90 muertos. Las muertes violentas son normalizadas en el país desde hace demasiado tiempo, y ahora también son normales las muertes por razones políticas.

En las noches se escuchan detonaciones en zonas donde no se escuchaban hasta hace muy poco. Y esta salvedad es importante, porque en los barrios populares las detonaciones como sonido de fondo son cosa común desde hace mucho tiempo. La violencia se ha ido esparciendo y se escuchan gritos pidiendo ayuda en edificios vecinos. La Guardia Nacional entra a edificios, mata mascotas, destroza portones. Escribo esto y voces de la polarización me recuerdan las víctimas de acciones violentas de grupos extremistas dentro de la oposición; de guayas y fuegos que han matado transeúntes. Las mismas voces me recuerdan las acciones de los paramilitares y grupos de choque que apoyan al gobierno de Nicolás Maduro, instalando el miedo en cada paso y cada disparo.

Esto no es normal aunque sea cotidiano.

Esto no es normal.

Que mañana se realice la elección (fingida) de los miembros de una Asamblea Nacional Constituyente que no ha sido convocada por el soberano no sólo no es normal, sino que es un punto de quiebre.

 

 

 

 

 

 

 

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Petróleo y constituyente: la última piñata

Por Antulio Rosales

Escarrá

Póngame la piñata por aquí

Mientras vemos silentes e impotentes a Venezuela deshacerse en un espiral de violencia,  algunos candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente corporativa que promueve el gobierno de Nicolás Maduro han venido haciendo anuncios inquietantes acerca del devenir del petróleo en la post-República.

Vale la pena recapitular el contexto en el que la Constituyente emerge. En términos globales: bajos precios del petróleo. Ello debido a la sobre saturación del mercado, apuntalado especialmente por el petróleo de esquisto estadounidense; y una demanda en descenso, por la caída relativa del crecimiento económico en China y otras potencias emergentes. En Venezuela, se presenta la peor crisis económica de la historia, con graves implicaciones para la industria petrolera: disminución acentuada de la producción, sobre todo de los campos que dependen de PDVSA y, por ende, mayor dependencia en los crudos extraídos con socios extranjeros. Crudos más pesados y, además, menos rentables.

Para tratar de paliar la situación, el gobierno ha buscado incentivar nuevas inversiones, como es común en épocas de precios bajos. Ha ofrecido activos de CITGO como garantía para refinanciar sus bonos de la deuda. Se comprometió en una política de ambiciosa expansión minera, con fuerte resistencia social y poco entusiasmo entre inversionistas. Y, finalmente, trató de avalar modificaciones a la estructura de las Empresas Mixtas en la Faja Petrolífera del Orinoco sin contar con la aprobación del Parlamento. Es decir, buscaba vender activos a precios de gallina flaca a empresas extranjeras – seguramente de países aliados – a espaldas de la soberanía popular.

De ahí viene el conflicto que hoy tenemos, de las famosas sentencias 155 y 156 en las cuales el TSJ disolvía la Asamblea Nacional, pero además permitía al gobierno saltar los procedimientos de contrapesos contemplados en la Ley de Hidrocarburos.

En ese contexto, el candidato a constituyentista Hernán Escarrá anunció que la ANC debía estatizar completamente la industria petrolera. Se aventuró incluso a sugerir la redacción de un nuevo artículo 303 que taxativamente estatizara la industria. Desde que la izquierda venezolana lograra la aprobación de la Ley de Reversión de los hidrocarburos en el Congreso a comienzos de los años 70 del siglo pasado, un estatismo tan pronunciado no era pregonado a ese nivel. Ni Hugo Chávez propuso algo así. Incluso su campaña de plena soberanía petrolera– hecha en un momento de precios elevadísimos y un contexto de apoyo interno y respaldo externo muy distintos a los que cuenta Maduro hoy – se cuidó de mantener la inversión extranjera en el país.

Es que el anuncio contradice lo que el gobierno ha venido buscando con sentencias como la 155 y 156. Es posible que Escarrá solo busca alebrestar un momentáneo sentimiento nacionalista para luego negociar con las preocupadas empresas que habrán iniciado sus consultas con las estructuras de poder. Como dice Francisco Monaldi, es en todo caso un suicidio para el propio Estado. Implicaría acabar con la poca producción que mantiene a flote el ingreso de divisas que tiene el país. Esas escasas divisas que permiten importar lo poco que se consume y lo que se paga en deuda. Si algo está claro es que el Estado venezolano en solitario no podría mantener el nivel de producción que hoy tienen empresas mixtas.

Pese a lo irracional, es un anuncio que puede emocionar a aventureros armados y apoyados que quisieran extraer unos centavos más de un botín que se ha visto mermado. Escarrá está quizás anunciando el último capítulo de esta piñata-República.