Fuera de radar

Los crímenes de odio: ‘selfie’ de la impunidad

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Por Antulio Rosales

¿Qué nos tiene que importar del autor intelectual de uno de los crímenes más horrendos cometidos en Venezuela en los últimos años? De acuerdo con la prensa oficial venezolana, los organismos del Estado y sus replicadores en redes sociales, lo único que importa sobre este individuo es la colección de selfies y otros retratos que tenga con diversas personalidades del jetset político opositor.

Tenemos que conocer de parte del Presidente de la República una confesión fría, calculada, bien hablada, escrupulosamente cortés realizada por los órganos de investigación criminal en la que lo más resaltante es a quienes conocía, quienes le dieron plata alguna vez y, léase bien, dónde y cómo lo entrenaron. Es una confesión nítida, lineal, que no sufre de alteraciones temporales, ni de pausas para recapitular detalles. Es una confesión en la que no se contradice. Lo que es más, el criminal no parece estar nervioso, no parece estar enfrentando una sentencia larga y dolorosa en una cárcel venezolana en la que seguramente se le irá su juventud y mucho de su vida. El criminal parece estar dando amplios detalles de sus relaciones con la política venezolana como si se tratara de un trance, de un mecanismo de cooperación, para recibir alguna medida compensatoria.

Quedó atrás el crimen. El asesinato de Hergueta es una nota marginal en el chisme principal. Pero lo que es peor, quedan atrás una serie de crímenes que no importan. Ya no es noticia el video aficionado en el que se capturan imágenes de un ajusticiamiento que hacen funcionarios de la Policía de Aragua a un presunto delincuente, un don nadie que es lanzado como desperdicio en el asfalto junto con otros dos sin nombre que corrieron la misma suerte. Esos policías no se hicieron selfies con diputado o gobernador alguno. El anuncio de Tarek El Aissami fue suficiente, el Estado no se moviliza para evitar que estos crímenes se repitan. Debemos confiar que además su plan estrella contra la delincuencia no caerá en excesos de este tipo. El Estado no siente que debe redoblar esfuerzos y tomar espacios de la televisión nacional para denunciar lo crudamente político de estos crímenes. Siguen siendo hechos aislados en una gran estructura de respeto a los derechos humanos y uso progresivo de la fuerza.

Vanessa de Almeida (derecha)

Vanessa de Almeida (derecha)

Más atrás todavía quedaron las recientes muertes de Vanessa de Almeida, Marimar Durán y Gaby Ayala, víctimas de odio por su identidad de género. Esas muertes no tienen ranking alguno en la discusión nacional, son anónimas. Esas muertes escasamente llegaron a recibir un click en la opinión pública, no merecieron ni un pronunciamiento, ni siquiera una hipócrita promesa de justicia. Esas muertes no generan una mínima ventaja proselitista en un momento de escasez de afectos electorales, no importa qué conexiones tengan sus asesinos, quienes les hayan entrenado o cuáles sean sus vínculos políticos, reales o no. La política no llega a esos cuerpos, la política no se preocupa por esas muertes, esas muertes no son políticas. No forman parte del hecho público que nos compromete y nos horroriza.

Mientras la atención se desvía a la posible relación entre Primero Justicia y el Descuartizador del Siglo XXI, la impunidad es el mejor alimento para nuevas muertes que pasarán inadvertidas y sumarán montañas de cuerpos inertes sin valor alguno.

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